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12 junio 2025

El realismo social no está muerto

 Los horarios atroces, los bajos sueldos, la violencia, la falta de expectativas y la repetitividad es lo que está en el centro de esta novela. Cosas viejas a las que a nuestra literatura le hace tanta falta visitar, aunque sea de vez en cuando.

Pilar Arteaga. Call center. Valparaíso: Emergencia Narrativa, 2024, 90 páginas.

El trabajo es la gran ausencia en la novela chilena del siglo XXI. En una cantidad impresionante de historias los y las protagonista no manifiestan grandes preocupaciones por su situación laboral, convertida en una parte del decorado, que se menciona al pasar, que no alcanza a interrumpir el relato de problemas familiares, sentimentales o metafísicos. De trabajar nada y qué decir de dramas o angustias provocados por el hecho de tener que estar obligados a continuar en esa actividad por necesidad económica. Esta es una constatación investigativa, que extrañamente lleva a gestos de asombro y hasta ira, si una plantea que la novela chilena es burguesa; es decir, llena de sujetos y sujetas para quienes las condiciones materiales de existencia son un tema resuelto o medianamente resuelto. Obvio que hay excepciones y en general muy buenas, pero la dominancia está clara ¿Será muy poco riguroso o muy poco intraliterario decir que nuestra literatura está llena de autores y autoras que parece que no le han trabajado un día a nadie o si lo han hecho casi siempre son labores onderas que les otorgan más estatus que problemas?

Por eso llama tanto la atención que una novela considere el trabajo como una actividad donde la violencia se ha convertido en norma. La falta de expectativas y repetitividad es aquello que está en el centro de Call center de Pili Arteaga. Libro protagonizado por una joven trabajadora de un centro de llamadas, soltera y que vive con su madre y hermana en un apartado barrio de la ciudad capital. Aquí la cosa es simple, sin rodeos: el trabajo es un lugar de explotación altamente deshumanizado, donde cada sujeto/a puede ser reemplazado. Esta incertidumbre permite que los trabajadores/as vivan intentando, bajo el terror del despido, mantenerse a salvo.

Salarios miserables, malos tratos, ignorancia de leyes laborales, jornadas desmesuradas son algunos de los subtemas que el relato propone y desarrolla con severidad. La tristeza empapa esta vida, donde todo parece perdido. Las atmósferas son oscuras, tanto así que la historia se inunda de un tono pesadillesco y desesperanzado, aunque no todo resulta perdido. Un férreo discurso crítico se levanta como la última posibilidad de dar sentido a una existencia que ve todas las puertas del futuro cerradas.

Quizás por eso la voz principal remarca su clase y género, es decir una explotada en todo el sentido de la palabra y por ello da relevancia a las condiciones reales de sobrevivencia. La historia se enfoca en un tramo de la vida de una protagonista que se debate entre la necesidad de insertarse en la maquinaria laboral o dejarse llevar por un mínimo anhelo de respeto. El personaje solo quiere condiciones dignas para ella y sus compañeros de trabajo, una pequeña comunidad imposibilitada de generar demandas. Solo hay dos opciones: aceptar las cosas tal como están o marcharse. Mantenerse en ese inferno es morir de a poco, como señala la voz central: “mi suprema cobardía es superior a mi valor. No tengo madera de heroína pero sí de ser humano. Y deseo, deseo tanto que a veces duele al respirar, pero no mata. Solo aprieta, cada día un poquito más, pero sin quebrar el cuello lo suficientemente fuerte como para morir”.

Arteaga emplea una temporalidad que se alarga y tiende a la reiteración de los hechos, donde no hay cortes que marquen el fin de una secuencia o la llegada a una cumbre dramática. El relato se transforma así en un flujo continuo en torno al malestar laboral y afectivo de la telefonista y su discurso crítico cargado de rabia: “Transo mi tiempo y mi energía por un poco más del sueldo mínimo, lo suficiente como para pagar mis medicamentos, los cigarrillos y una que otra salida en los pocos días libres que tengo”.

La narración va y viene entre el subjetivismo y el objetivismo. En párrafos seguidos, conviven ambos enfoques, el de la crítica social y los deseos íntimos, el relato de experiencias impuestas y experiencias anheladas: “La arena está húmeda, el viento silba, el sol te quema y el aire es podrido. Amo el mar chileno, qué te puedo decir. Cierro los ojos un momento. Hay un ventilador puesto. El viento roza mis orejitas: tiene olor a mar, la sal hecha polvillo fino para que mi organismo mate por un poquito más. Suena una ola y moja mis pies, es helado y es maravilloso”. Escapar, mediante la ensoñación, hacia un lugar costero. Sin embargo, todo está infiltrado de una realidad apesadumbrada de la que cuesta mucho huir, por eso el “aire podrido”. Aun así, la catarsis se produce, es decir con algo de esfuerzo el deseo surge. Un deseo que ni siquiera da para utopía, nada más que un humilde y angustioso anhelo.

Una de los aciertos más interesantes del volumen radica en que este trabajo atroz no solo es un jornada eterna, es mucho más que eso, porque contamina toda la existencia de la protagonista: “Una micro, dos micros, metro, subir y bajar escaleras con las manos congeladas metidas en los bolsillos, cargar la Bip, pasar la Bip por el validador, $720 por viaje en horario valle ni hablar del horario punta cuando pagas $800 y fracción por ir atrapada en un vagón con más personas que el máximo permitido”. El diario vivir de una ciudad que necesita ser alimentada por una comunidad invisible que circula sin descanso en un ir y venir eterno y angustiante.

La autora arma una trama donde la acción es prácticamente nula, reproduciendo con ello, la monotonía de su oficio. Aquello que podría significar error sin vuelta, actúa de manera inversa, porque se transforma en el ritmo de una vida regida por una terrible rutina. Narrar con calma, elaborar atmósferas claustrofóbicas, configurar una vida común sin victimizarse, sino acudiendo a la verosimilitud de la intimidad es un gran logro. En especial, si pensamos que es una primera novela.

El realismo social se niega a morir y cada tanto nos vuelve a sorprender con lo que ha sido su impronta desde siempre: la vida acosada por lo poderes, la explotación laboral, las precarias condiciones materiales de existencia, el trabajo deshumanizante. Cosas viejas a las que a nuestra literatura le hace tanta falta visitar, aunque sea de vez en cuando. Y como no podía ser de otra manera esta novela no ceja en su crítica social para levantar una pequeña esperanza, puesta ahí quizás solo para que la oscuridad no sea total.

 

14 mayo 2025

 Un alto costo por el éxito

Esta comedia livianita y olvidable es bullente en lugares comunes y cursilerías de la protagonista. Una chica ruda y letrada, pero por sobre todo, fanática de un tipo de masculinidad que permanentemente la obliga a degradarse.


Paulina Flores. La próxima vez que te vea, te mato. Barcelona: Anagrama, 2025, 196 páginas.

No debería sorprender, cualquiera puede sacar un libro no logrado o reguleque. Le puede ocurrir a todos y todas. Pero este sorprende y mucho, especialmente por la profundidad del cambio, por su transformación dramática de pasar de ser una de las esperanzas jóvenes de la narrativa de mujeres en Chile a esto. La próxima vez que te vea, te mato de Paulina Flores es una novela que no solo decepciona, sino que preocupa.

Es cierto que, por momentos, Flores logra hacernos reír con las aventuras de Javiera. Ella es una joven chilena, escritora, estudiante de posgrado, ilegal en Barcelona: categóricamente snob, con poco dinero y que realiza talleres literarios on line.

Su principal característica: pretende vivir al ciento por ciento el amor romántico. No de manera irónica, sino apegada totalmente al itinerario romántico. El objeto de su pasión es su roommate Manuel, un guapo y enamoradizo músico peruano. El relato es llevado por Javiera, celópata y, por sobre todo, servil con su macho. Al extremo que las infidelidades del galán peruano, llevan a Javiera a pretender vengarse de sus amantes, dejando indemne al susodicho.

Atrás quedó en Flores su escritura de largo aliento, aquella que hilaba diversas temporalidades y niveles dramáticos, que otorgaba profundidad psicológica a sus personajes mediante líneas sincrónicas, contextos turbios y relaciones afectivas conflictivas. Hoy tenemos a una escritora que se rinde al mercado a través de una trama superficial y una escritura simple, centrada en la acción más que en el discurrir de sus personajes.

Esta comedia livianita y olvidable es bullente en lugares comunes y cursilerías de la protagonista: “quería tomar el control de mi narrativa. Sentir como un pájaro de canto melodioso y apasionado. Pero solo encontraba palomas muertas”. El abuso en cómo se autoconfigura Javiera es excesivo. No hay espacio para la insinuación, todo resulta dicho de manera literal, explícita: “Me gustaba confundir fantasía con realidad para obtener catarsis poéticas y sublimar la pena. Para evitar, precisamente, la locura”. La desconfianza en la capacidad lectora de ir más allá de lo obvio, la desconfianza en que no vamos a poder interpretar ambigüedades, convierte esta escritura en un panegírico simplón de la victimización y del chiste fácil.

Ella es una chica ruda y letrada, pero por sobre todo es fanática de un tipo de masculinidad que permanentemente la obliga a degradarse: “Me di cuenta de que era mi oportunidad para suplicar. Postrarme a sus pies y pedirle que se quedara”. Podría ser evidente que el accionar de la protagonista se deba a la alta dependencia económica respecto de Javier, llevándola a figurar como víctima, pero es tan alto el grado de banalidad de esta ficción que no vale la pena. Resulta inútil el ejercicio de sobreinterpretar con el único objetivo de impedir que esta novela se hunda totalmente en la insignificancia.

Lo más llamativo es que la configuración degradada de lo femenino es ignorada por todo el resto de los personajes del libro. O sea, el universo narrativo naturaliza ese rol sin ningún contrapeso. Inconsciencia compartida, por supuesto por la voz autoral, capturada por un modelo de femenino idiota, subalternizado. Tanto es así que la subordinación y el maltrato se reproduce incluso en el sexo. A tal grado que él la asfixia y le dice “la próxima vez que te vea, te mato”. Amenaza que la protagonista asume como un aderezo lógico y divertido de su relación.

Esto ocurre porque la historia busca construir obsesivamente a una chica ‘alternativa’. El problema es que en que para ello recurre a una propuesta ideológica anacrónica: Javiera es una chica joven, soltera, migrante de clase media que en pleno 2025 sostiene como máximo baluarte de transgresión su libertad sexual. Realmente no, no da. Lo peor es que ese supuesto libertinaje nace sin lugar a dudas del deseo de venganza ante el desapego de su macho latino.

Una pose de rebeldía que cuyo fondo es nada más y nada menos que la vieja creencia en el mito de la posesión y exclusividad de la pareja. O sea, el discurso de la novela está cargadísimo al conservadurismo amoroso-sexual. Dentro de eso, resulta lógico que surja el deseo de Javiera de matar a las amantes del peruano. No se podía esperar menos, el amor es así, qué se le va a hacer.

Flores ha caído en un pozo profundo, muy profundo. Quizás efecto del éxito o, sencillamente, se aburrió de imposturas pasadas. Ser latinoamericana y estar en las ligas mayores de la industria editorial parece que en este caso tiene un costo alto. Veremos si sigue estando dispuesta a pagarlo. 



22 marzo 2025

 El sentido vital de la escritura

El protagonista realiza una búsqueda desesperada por encontrar algo que lo salvaguarde del horror. La escritura es en tal sentido la herramienta prioritaria para intentar sobrevivir.



Carolina Mouat. Ahora puedo nombrarte. Santiago: Ediciones Overol, 64 páginas.

En ninguna parte de este libro se alude a su género literario. Entonces ficción y no ficción se convierten en dos posibilidades abiertas en una clara apuesta por la ambigüedad. Y esto no es un detalle menor, porque la incertidumbre radical de Ahora puedo nombrarte de Carolina Mouat amplifica aún más su intensidad. Un riesgo sin duda, pero Mouat lo supera al convocar dos registros de representación de lo real, sin por ello mermar en lo más mínimo el dolor de lo narrado.

El título del volumen nos remite a un presente definitorio, donde una voz en primera persona se ubica en una temporalidad precisa. Es un “ahora” que permite nombrar y con ello otorgar identidad a una presencia contenida en la memoria. Decir, de tal manera, se convierte en un punto de origen y de término: quien narra recupera fragmentos de su memoria, les da forma mediante una escritura intimista, con matices de ingenuidad y de adultez, oscuridades y una atmósfera constantemente perturbadora. 

Los fragmentos son la forma elegida por Mouat para construir su relato. Fragmentos que no siguen una progresión lineal ni causal y que funcionan al modo de una búsqueda intermitente y terrible, un dramático intento de abordar dos vidas, la de Charo y la del narrador. Van apareciendo así fotografías, escrituras e imágenes desmembradas, que operan al modo de flashazos y que poco a poco permiten ir hilvanando una historia de horror.

La voz protagónica es la de un trans, que aun cuando se refiere a sí mismo en masculino, se asume no binarie. Esta figura protagónica tiene treinta años y habla a sus lectores/as, pero también a Charo, la hermana muerta de su padre. Charo es una presencia constante y maldita en la existencia del narrador, en quien la pulsión de muerte está siempre presente. 

Charo estuvo con el narrador desde siempre, como una suerte de amiga divertida y estrambótica a la cual ve itinerar desde la maravilla a la decadencia. Los recuerdos traen la imagen de Charo acercándose peligrosamente a una niña. La duda ante la veracidad del abuso, el deseo de que todo fuese una ficción, el intento de elaborar una suerte de justificación para aquella adulta, prácticamente destruyen su integridad. Todo no es más que una búsqueda desesperada por encontrar “salidas” a la tragedia y que el protagonista explora para encontrar algo que lo salvaguarde de un horror que destruye su pasado y su presente.

La secuencia más intensa del volumen ocurre al recordar que a los quince años, hablando con su madre, surge una especie de revelación: “Tengo miedo de que seas lesbiana por lo que te hizo la Charo”. La palabras de la madre y la respuesta de la protagonista son de un dramatismo extremo. Es precisamente en este instante donde todo se mezcla en un torbellino en el que se confunden culpa, homofobia, negación y un enorme agujero negro en la memoria que empieza a hacerse cada vez más evidente.

Y es por eso que la escritura aparece con una función muy específica: es un acto sanador o, por lo menos, un acto de sobrevivencia. Es la escritura la que permite que el narrador se levante y que confronte con fuerza lo que ha vivido y ha destruido su vida: “Desde que empecé a escribir este texto, he sentido como mi cuerpo activa sus defensas”. Defenderse es reconocer una agresión. Pero nada es tan simple, porque la violencia reaparece y se reitera mediante el recuerdo. Es decir, se sitúa en el pasado como si fuera un hoy, como si otra vez estuviera allí, en aquel entonces donde una chica admira a una adulta: “Mis recuerdos contigo son de mucha luminosidad” señala.

Si bien la realidad se presenta a través de la voz del narrador, los poemas de Charo, firmados bajo el seudónimo de “Estrella”, son también un testimonio de su propio dolor. Esta forma de hacer visible a la figura violenta amortigua en parte la dureza de su imagen: “Aquí yo crucificada/ llevando en este viaje sin rumbo mi alma pervertida [. . .] / mi consciencia sufre. / Estoy loca”. Es desde su propia voz donde surge la palabra “pervertida”. Todo esto no hace más que profundizar la herida y la búsqueda de una explicación, de un terreno firme. Pero qué animó el actuar de la agresora ¿locura o maldad?

Hubo un vínculo entre Charo y la entonces niña, claramente afectuoso. Sin embargo, el relato, al recuperar la memoria, relee y resignifica aquel estado de permanente juego y lo asume en su real dimensión. Lo llamativo de esto es que el abuso sexual es abordado acá más que con rabia, con dolor, en una suerte de oscuro viaje de regreso que de manera cuidadosa y evitando cualquier exceso busca alejarse de la revictimización. Ocurre entonces como si el protagonista no buscara reconstruir el pasado, sino acudir a la memoria para construir algo nuevo.

Carolina Mouat es el nombre que firma la portada. Denominación en femenino social podría resultar un escollo para esta escritura. Sin embargo, esto no ocurre porque el narrador consigue exponer su crisis con intensidad y calma. Su historia no se ha cerrado, quizás jamás se cierre, y deberá aprender a convivir con su monstruoso fantasma. Aunque también es importante remarcar cómo este volumen apunta directamente en contra de una burguesía (la familia) que prefiere el silencio antes que la confrontación y el resguardo de secretos que terminan haciendo aun más trágica la vida de la víctima. 

Ahora puedo nombrarte es un libro conmovedor y al mismo tiempo aterrador, un libro sobre el transitar por donde más duele. La escritura es en tal sentido la herramienta prioritaria para intentar sobrevivir. Mouat, con destreza, pone en marcha su deseo de palabra, de voz, tan necesario como vital, porque escribir le da vida a su protagonista. 



24 enero 2025

 

El corrupto redimido: Mal de altura de Gonzalo Maier.

El único interés que moviliza y que le da fuerza a la historia es excusar y lavar la imagen del corrupto empresario. Por la cantidad de errores que tiene el libro, Maier parece un escritor primerizo.

 


Gonzalo Maier. Mal de altura. Santiago: Penguin Random House, 2024, 132 páginas. 

Digamos que lo intentó, pero no le dio el vuelo. La idea de poner a conversar a un filósofo con un empresario corrupto podría haber funcionado. Redimir al delincuente y prácticamente santificarlo, ha llevado esta novela al carajo. Mal de altura parte de una idea interesante: dos directivos de un holding muy importante y gestores de uno de los mayores delitos tributarios en la historia del país fueron sancionados con clases de ética en una conspicua universidad nacional.

Este suceso da lugar a un relato protagonizado por Sócrates Saavedra. Un mediocre profesor de filosofía nacido en los noventa, que trabaja en una lujosa universidad precordillerana. Su contraparte es Echaurren, un exitoso empresario a quien la justicia condena a tomar clases de filosofía.

 Saavedra y Echaurren se ven obligados a pasar largas jornadas, caminando por el borde cordillerano, repasando obras filosóficas clásicas que puedan iluminar la vida del condenado. La novela se enfoca en la vida privada del profesor y en el desempeño académico de su alumno. Sócrates cumple perfectamente con el estereotipo de filósofo: un doctorado en Alemania que entendió que la filosofía era preguntarse cosas como de dónde venimos y hacia dónde vamos, ese nivel. Por supuesto que es solitario y con una vida amorosa fracasada. En lo laboral es mediocre y a pesar de su juventud parece siempre agotado de la vida, aunque sin dramatismo alguno. Sin embargo, no todo es tan básico. El empresario es construido desde el comienzo como un feroz amante del conocimiento, un tipo abierto al cambio y a la redención.  

El problema mayor es que la anécdota es totalmente plana, sin tensiones. Eso se podría haber compensado con conversaciones profundas entre los personajes y con algún grado de desencuentro entre sus puntos de vista, pero nada. Los personajes apenas evolucionan, no hay sorpresas, llevando la trama a una pasividad de lujo. Además, se reiteran situaciones y la forma cansina del habla del narrador solo consigue que el tedio se apodere del acto de lectura.

La razón de todo esto es haber centrado la historia en excusar y lavar la imagen del corrupto empresario. Todo el esfuerzo, si es que lo hay, está puesto en presentar al ser humano tras el estafador de cuello y corbata. Un tipo, según el parecer del narrador: “desvalido, quebrado, desesperado”. Rasgos de los que no hay el más mínimo vestigio. Pese a ello, el filósofo se atreve a afirmar, con una ligereza impresionante, que se encuentra ante un hombre al que: “la plata le importaba poco y nada. Por un lado, la tenía y, por otro, lo pasaba bien multiplicándola [. . .] Era una forma de vida como podía serlo la medicina o la filosofía, o incluso los viajes espaciales. Echaurren no buscaba plata, nada le interesaba menos, sino una vida a través de la plata”. O sea es tanto y tan ridículo el afán reivindicatorio del volumen que dice que al tipo que ha estado todo su vida solo preocupado de ganar dinero, el dinero no le interesa.

De todas formas hay que admitir que en un punto la novela rozó una derivación interesante: el enamoramiento que el profesor siente por su discípulo: “un iluminado, un profeta, y yo un ciego que no lo pudo reconocer cuando pasó a mi lado”. Pero para Sócrates esto no es solo un amor platónico, lo desea con todas las de la ley: “yo quería que él estirara un brazo sobre mis hombros, que me apretara contra su pecho, quería sentir el olor de su desodorante, la pesadez de su aliento, y que me preguntara si no quería ser parte del directorio de una minera o de un banco menor”. Está claro que el filósofo no siente solo amor, sino que también quería agarrar un puestecito bien pagado, una cosa poca con unos cuantos millones de sueldo. La mezcla de poder, dinero y homoerotismo era un buena veta, pero el volumen se autocastra y la deja ahí como un acto fallido.

Cuando Echaurren se integra al circuito social del maestro y empieza a compartir con otros intelectuales, que por supuesto escuchan jazz en sus fiestas, se empieza a dibujar un posible intercambio de roles o robo de identidad. El libro acorta la distancia entre el narrador (Sócrates) y el héroe (Echaurren) en un proceso tan anunciado que no provoca sorpresa alguna.

Por la cantidad de errores que tiene el libro, Maier parece un escritor primerizo. La extraordinaria ingenuidad con que trata el tema de un millonario corrupto termina convirtiendo todo el esfuerzo en una simple y benevolente mirada hacia los poderosos.

10 enero 2025

 La crueldad enmascarada: El sótano rojo de Jorge Baradit

En El sótano rojo Baradit se burla con ganas de los familiares de los detenidos desaparecidos y como si no fuera suficiente se ríe del feminismo, lo mapuche y el mundo popular.

 



Jorge Baradit. El sótano rojo. Santiago: Suma de letras, 2024, 224 páginas.

Todo indica que con esta nueva novela Jorge Baradit comienza a dejar atrás algunas de sus obsesiones, explorando nuevos escenarios. Pero esto no surge de una búsqueda estética ni nada parecido, es más bien una adecuación a las nuevas condiciones del mercado y a las exigencias de una clientela que pudo haberse aburrido de esa sobrecargada prosa esotérica sci-fi llena de símbolos elegidos para promover un discurso filonazi-friki. Una prosa que fue exitosa en la primera década de este siglo, pero como sabemos el mercado es implacable y su mantra es renovarse o morir. Así que en esta ocasión el mayor mérito de Baradit es tratar de no parecer envejecido u obsoleto y, como buen comerciante de la palabra escrita, parece haberse dado cuenta del cambio de escenario. Al contrario de los 2000 donde era menos evidente, hoy el discurso público está saturado de falsedades, falacias, discriminaciones y aberraciones de todo tipo, expresadas de manera pedestre, simple, directa. No más rodeos ni símbolos a destajo. Vamos ahora por la literalidad.

En El sótano rojo Baradit se burla con ganas de los familiares de los detenidos desaparecidos y como si no fuera suficiente se ríe del feminismo, lo mapuche y el mundo popular. Una verdadera masacre, al estilo de la nueva ultraderecha, que utiliza la literatura para levantar una discursividad fascista que banaliza todo, menos su mito más querido, es decir, su adoración por las figuras masculinas despiadadas, que ahora proyectan su poder más allá de la muerte.

La protagonista y narradora es Tamara, cuyo nombre es un vulgar guiño a la famosa rodriguista, vivió el exilio en Francia. En su presente ha retornado a Chile junto a su padre, decano de una prestigiosa universidad. Estamos a comienzos de los 90; Tamara estudia arquitectura, tiene un novio izquierdista y está obsesionada con descubrir el paradero de su madre, mirista y detenida desaparecida desde 1977.

Tamara es una mujer infantilizada, histérica, ingenua, obsesiva, irracional, ignorante, abortista, racista y clasista. Tamara no duda en referirse así a su novio: “indio de mierda, comunista hediondo a marihuana”. Mientras ella se autodefine como: “toda francesa buscando por Santiago un café decente” o “Es cierto, me emocionan los discursos de Allende. La historia la hace el pueblo; viva el pueblo, vivan los trabajadores. Pero no soporto esta hediondez, el sudor, sus miradas viscosas”. Finalmente, respecto a lxs chilenxs del mundo popular, los fulmina con estas palabras: “Son feos, huelen a genitales o a vino; las mujeres también son gordas, figuras de la edad de piedra rematadas con una mata de pelo teñido rubio color paja, mujeres que solo se diferencian de los hombres porque son más chillonas, se pintan la cara y usan falda”, “El paseo Ahumada es más raro que la cresta. Está lleno de chilenos y los chilenos son feos, de brazos y piernas cortos, con el abdomen hinchado y manos diminutas”. Pese a todo esto, Tamara vive como una disciplinada izquierdista.

Es aquí donde ya se escucha la excusa del tipo: “no entendiste la ironía”, “es una parodia” y etc., como si la parodia y el sarcasmo fueran un antídoto mágico que por sí solos ahuyentaran los contenidos discriminadores y misóginos. El volumen insistirá en la configuración negativa de la protagonista y de otros personajes con la débil excusa de una ironía que supuestamente todo lo aguanta. Mediante el seudo humor, la narración se las rebusca para materializar un genérico mujer que caracterizada como bruja, traidora y estúpida. Una de las escenas que mejor grafican este machirulismo se ve cuando Tamara discute con Raúl, en los siguientes términos: “Me sentí asquerosa y quería agarrarlo a palos. Tomé el cenicero y se lo tiré a la cabeza. Fallé.

—¡Cálmate, Tamara, por la cresta!

—¡Nada de cálmate, hijo de puta, estamos hablando de violación!

—¡Tú te acercaste a mí y empezaste a toquetearme!

—¡Mentira, no me acuerdo... pero mentira! —aunque lo veo tan desconcertado que una pequeña luz de duda empieza a abrirse paso a través de mi furia. Además, este huevón es un pan de Dios. Me calmo un poco, la cabeza corre a mil por hora, me siento cubierta por una capa de aceite y gérmenes. Quiero ducharme”. El pobre hombre es sometido a una falsa denuncia de violación, por suerte ella pudo ver la luz y darse cuenta que atacaba a un masculino “más bueno que el pan”.

En oposición a femenino degradado, está el ensalzamiento de la masculinidad. Los hombres son templados, racionales y pragmáticos. Esto llega al extremo en la forma como la novela conforma a los represores, prácticamente unos superhombres. Es tanta su grandiosidad que aún tras su muerte siguen con su labor criminal, inspirando temor, torturando, asesinando y justificando las razones de su actuar.

Es cierto que Baradit evoluciona, pero no se olvida de sus clichés más queridos. Así, otra vez aparecen, sin necesidad alguna para la historia, los hechos del Seguro Obrero, nazis en el sur de Latinoamérica y, por supuesto, el Führer, que a esta altura viene siendo su amuleto. En términos de escritura, hay algunas novedades, porque elabora a la protagonista con mayor dedicación. En sus anteriores producciones, los personajes han sido siempre símbolos. Tamara, es, por supuesto, una mujer-símbolo, pero también una mujer común. Además esta vez incluso los diálogos son más fluidos.

La otra novedad importante es el carácter didáctico de la narración, mucho más evidente que en sus antiguos textos. Eso del gurú nazi lisérgico lleno de imágenes, ya fue. Ahora, se trata, como se ha dicho, de ser entendible y para ello hay que hablar más claro y entretener a los lectores. Nada mejor entonces que una anécdota con fantasmas y terror. Aunque esto es solo una fachada, ya que en el fondo hay una manipulación del género con la finalidad de levantar una propuesta política que justifican el Golpe, la dictadura y la violencia. Aquí resulta llamativo el detallismo de las escenas de tortura, una suerte de recreación perversa, obscena y sin contrapeso alguno. Es tal el desnivel entre Tamara y estos personajes aborrecibles que discursivamente el texto no puede dejar de inclinar su verdad hacia la justificación de la historia maldita del país.

Pero entremos de lleno en lo sobrenatural, porque ahí la cosa se pone peor. La contratación de los servicios de una vidente mapuche que viven en Puente Alto, con uñas sucias, ropa grasienta, olor a orina, que además se alimenta con “comida de neandertales”, es el gran detonante del universo fantasmal. La vidente llega a la casa de los abuelos de la joven para realizar un ritual que permita conocer el paradero de Alejandra, la madre de la protagonista. La casa en cuestión es una suerte de organismo vivo en la que coexisten diversos tiempos y fantasmas de agresores y víctimas y donde se vuelve casi imposible descender al círculo mayor del infierno.

Las secuencias donde predominan los espectros son innumerables, extenuantes, simples, poco llamativas. Igualmente, las etapas del ritual de la bruja son risibles, propias de una imaginación agotada; el autor se plagia y acude a intertextualidades de un nivel en extremo básico. Porque asociar Tamara con Cecilia Magni, Raúl (su novio) con Pellegrini, la casa embrujada con Poltergeist y el descenso al círculo infernal de Dante es de novatos del más bajo nivel. De igual manera, establecer una crítica encubierta a un posible gobierno de niños acomodados es de una obviedad supina.

A partir de esto, se puede plantear que la novela no tiene ningún valor literario, pero sí logra exponer con claridad e insistencia cuatro ejes fundamentales: la denigración de la mujer, la patologización de la búsqueda de detenidos desaparecidos, la justificación del golpe y la dictadura y la imposibilidad de superar el fracaso del país debido a su mala raza. Respecto a la mirada proyectada sobre los delitos en derechos humanos es la del justo castigo. Lxs militantes se merecían la muerte debido a su absurdo proceder. La novela expone a victimarios y víctimas atrapadas en un presente continuo. Esta suerte de destino paritario es apenas una débil cáscara ya que el poder se encuentra para siempre en manos de los agentes de la dictadura.

Mediante una operación de camuflaje el volumen intenta pasar gato por liebre o, dicho en términos más académicos, generar ambigüedad sobre la ideología autoral. Esto, supuestamente, impediría una toma de partido, al instaurar una suerte de anarquismo, una lucha contra todos los poderes que se pongan por delante. Sin embargo, esta propuesta fracasa, porque el lugar desde donde se narra este libro resulta evidente. Y eso es lo más penoso: la necesidad de enmascararse de anarquista o nihilista (estoy contra todos, no respeto nada y blablablá) para jugar a escondidas la carta del fascista más extremo.

Baradit elabora una novela infame, casposa, blindada en un seudoanarquismo racista, misógino, aporofóbico, que aborrece todo aquello que suene a comunidad “subversiva”. La narración, además, utiliza como ratas de laboratorio a los detenidos desparecidos, para probar su tesis sobre los errores de la izquierda chilena. El supranarrador de esta novela, anhela un orden autoritario, en apariencias odia las castas, pero las promueve mediante una propuesta de higienización de la mugre social, la cual será castigada en este mundo y en el de más allá.


02 enero 2025

Más allá del entusiasmo y el pesimismo

¿Quién se atreve hoy, desde la literatura, a enarbolar un discurso pro revuelta? Por eso que la tesis central de Matapacos es tan importante, porque se niega a la clausura y no asocia derrota con pérdida de esperanza.



Claudio Tapia. Matapacos. Santiago: Editorial Perras Palabras, 2024, 169 páginas.

La Revuelta Social en Chile, ocurrida entre octubre de 2019 y marzo del 2020, tuvo efectos literarios bastante interesantes. A cinco años del comienzo de este intenso, esperanzador y trágico fenómeno ya contamos con un corpus contundente formado principalmente por novelas, pero que también incluye poesía. El periodo más prolífico de publicación de libros sobre el estallido es el año 2020; sin embargo, hasta hoy se sigue publicando sobre este tema. 

Ahora, un nuevo volumen se suma a esta producción. Matapacos, una novela de Claudio Tapia, donde se propone una analogía entre el famoso perro y el protagonista. Matapacos es el nombre de un perro que si bien tenía una dueña que se preocupaba de él, su verdadera vocación era la calle. Su nombre original era El Negro, un quiltro, como se les llama en Chile a los perros mestizos, que ganó su apodo acompañando a numerosas manifestaciones callejeras, siempre del lado de quienes protestaban. “Paco” es el nombre que recibe la policía uniformada. Muerto en 2017 se convirtió en un símbolo de la resistencia durante el estallido.

La narración avanza entre el entusiasmo y el pesimismo, entusiasmo por un presente de lucha, alegría y compañerismo. Pesimismo, por un futuro que en el momento mismo de la protesta se empieza a vislumbrar aciago. Los pequeños triunfos y momentos de alegría son azotados con severidad por la tragedia. La violencia represiva va dejando muertos, mutilados, torturas y golpizas.  Todo eso quedará en la impunidad y es precisamente la constatación de la impunidad uno de los aspectos que mejor trata la novela de Tapia, que presagia la falta de justicia o los perdonazos a las fuerzas policiales  a quienes les ordenaron violentar a una población armada solo de piedras frente a una contraparte con armamento militar.

Sin embargo, esa mezcla de entusiasmo y pesimismo, más el fracaso y la impunidad no dejan lugar a la pérdida de sentido y menos al arrepentimiento. La idea de salir a marchar, de enfrentarse al poder, de reclamar y alzar una esperanza no son puestas en duda, no hay en este libro lugar para un revisionismo que aplaste el origen legítimo de todo lo ocurrido, no hay una clausura que cierre el pasado con el sello del error. Nada de eso, por el contrario la novela trasmite que a pesar de todo valió la pena el esfuerzo.  

Álvaro es el protagonista, un joven de la comuna de La Cisterna que se ve obligado a abandonar sus estudios universitarios por problemas económicos. Álvaro es primero un testigo que mantiene una distancia crítica bastante fuerte con las protestas y rebeldías. Pero la novela se encargará de mostrarnos su tránsito hacia un compromiso cada vez mayor: “Quiero que este sea un país más justo y no me gusta sentirme de brazos cruzados. Creo que estamos en una ventana única y, si se suelta la calle, estos políticos culiaos nos van a cagar de nuevo”.

El itinerario de decisiones que experimenta el personaje central es descrito con acuciosidad, estableciéndose un parangón entre el desmoronamiento de su familia y su ingreso a la lucha social.  El joven, en principio, se integra a las brigadas de la Cruz Roja que auxilian a los heridos, para luego migrar a la primera línea. A partir de la nueva función, muestra arrojo y un compromiso vital que lo llevan a ser llamado por sus compañeros de lucha como “Matapacos”. Es acá cuando comienza a proponerse la similitud entre el animal y el protagonista. De alguna manera el humano se acerca cada vez más a esa existencia del animal como un luchador por naturaleza

Es por esto que el volumen logra abrir la figura del perro Matapacos hacia un lugar más allá del símbolo, o sea sin dueño, libre y siempre en el lugar de los marginados. Y esto lo hace adentrándose en una suerte de poshumanismo donde se ha destruido la distinción jerárquica entre lo humano y lo no-humano. El “otro” ya no son solo las personas, sino todo aquello que tiene vida. La animalidad, en tal sentido, viene a representar la caída del sujeto como origen y fundamento de la realidad. Animalidad que ya no es un insulto que conlleva rasgos de bestialidad, salvajismo, irracionalidad y ausencia de espíritu. En términos contrastivos el animal es una metáfora de la esclavitud, la dependencia, el abuso, como ocurre con los marginados sociales. Esta narración humaniza al perro y con ello lo convierte en otro protagonista.

A pesar de esto, la apertura del símbolo del Matapacos no deja de ser un tanto ingenua, ya que genera una cierta infantilización de la historia, lo que en última instancia perturba el realismo predominante. Quizás el problema se produce porque la novedosa vertiente antiespecista, o sea la humanización del perro, llega demasiado tarde al relato. O, dicho de otra forma, la fantasía, se introduce de manera forzada en el realismo.

Más allá de lo anterior, Matapacos sostiene todo lo contrario a lo que la hegemonía neoliberal manifiesta en la literatura autorreferencial, donde domina la identidad narcisa. Uno de los aspectos que el neoliberalismo ha impuesto con más fuerza en la literatura nacional es el predominio del yo, del individualismo. Los protagonistas suelen alejarse de cualquier instancia colectiva, impidiendo con ello, todo tipo de agenciamiento. Esto significa, además, adoptar un discurso indiferente a los procesos sociales, el sinsentido de todo acto de resistencia y la convicción de la inutilidad de la literatura como herramienta de cambio.

Es por esto que el volumen se vuelve una pieza narrativa valiosa, es decir porque se inclina hacia la épica de una particular colectividad: sin nombre, líderes ni manifiestos, que no se dará por derrotada, pese sus múltiples fracasos. Es cierto que esta comunidad es configurada a través de una evidente romantización de la gesta popular y de sus luchadorxs, pero habría que preguntarse si acaso esto no es necesario frente al grotesco discurso de rechazo y arrepentimientos de todas las fuerzas políticas, incluso las beneficiadas por su efectos, como es el caso del gobierno y la izquierda, que prácticamente no ha tenido contrapesos en lo público en estos cinco años.

¿Quién se atreve hoy, desde la literatura, a enarbolar una discurso pro revuelta? La versión oficial ha triunfado: el estallido fue delincuencia, violencia irracional, un momento demasiado sombrío. Por eso es que la tesis central de Matapacos es tan importante, porque se niega a la clausura y no asocia derrota con pérdida de esperanza. Este libro confirma que la historia sigue abierta y que la versión oficial es solo una versión más.


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