El sentido vital de la escritura
El protagonista realiza
una búsqueda desesperada por encontrar algo que lo salvaguarde del horror. La
escritura es en tal sentido la herramienta prioritaria para intentar
sobrevivir.
Carolina Mouat. Ahora
puedo nombrarte. Santiago: Ediciones Overol, 64 páginas.
En ninguna parte de
este libro se alude a su género literario. Entonces ficción y no ficción se
convierten en dos posibilidades abiertas en una clara apuesta por la
ambigüedad. Y esto no es un detalle menor, porque la incertidumbre radical de Ahora
puedo nombrarte de Carolina Mouat amplifica aún más su intensidad. Un
riesgo sin duda, pero Mouat lo supera al convocar dos registros de
representación de lo real, sin por ello mermar en lo más mínimo el dolor de lo
narrado.
El título del volumen
nos remite a un presente definitorio, donde una voz en primera persona se ubica
en una temporalidad precisa. Es un “ahora” que permite nombrar y con ello
otorgar identidad a una presencia contenida en la memoria. Decir, de tal
manera, se convierte en un punto de origen y de término: quien narra recupera
fragmentos de su memoria, les da forma mediante una escritura intimista, con
matices de ingenuidad y de adultez, oscuridades y una atmósfera constantemente
perturbadora.
Los fragmentos son la
forma elegida por Mouat para construir su relato. Fragmentos que no siguen una
progresión lineal ni causal y que funcionan al modo de una búsqueda intermitente
y terrible, un dramático intento de abordar dos vidas, la de Charo y la del
narrador. Van apareciendo así fotografías, escrituras e imágenes desmembradas,
que operan al modo de flashazos y que poco a poco permiten ir hilvanando una
historia de horror.
La voz protagónica es
la de un trans, que aun cuando se refiere a sí mismo en masculino, se asume no
binarie. Esta figura protagónica tiene treinta años y habla a sus lectores/as,
pero también a Charo, la hermana muerta de su padre. Charo es una presencia
constante y maldita en la existencia del narrador, en quien la pulsión de
muerte está siempre presente.
Charo estuvo con el
narrador desde siempre, como una suerte de amiga divertida y estrambótica a la
cual ve itinerar desde la maravilla a la decadencia. Los recuerdos traen la
imagen de Charo acercándose peligrosamente a una niña. La duda ante la
veracidad del abuso, el deseo de que todo fuese una ficción, el intento de
elaborar una suerte de justificación para aquella adulta, prácticamente
destruyen su integridad. Todo no es más que una
búsqueda desesperada por encontrar “salidas” a la tragedia y que el
protagonista explora para encontrar algo que lo salvaguarde de un horror que destruye
su pasado y su presente.
La secuencia más
intensa del volumen ocurre al recordar que a los quince años, hablando con su
madre, surge una especie de revelación: “Tengo miedo de que seas lesbiana por
lo que te hizo la Charo”. La palabras de la madre y la respuesta de la
protagonista son de un dramatismo extremo. Es precisamente en este instante
donde todo se mezcla en un torbellino en el que se confunden culpa, homofobia,
negación y un enorme agujero negro en la memoria que empieza a hacerse cada vez
más evidente.
Y es por eso que la
escritura aparece con una función muy específica: es un acto sanador o, por lo
menos, un acto de sobrevivencia. Es la escritura la que permite que el narrador
se levante y que confronte con fuerza lo que ha vivido y ha destruido su vida:
“Desde que empecé a escribir este texto, he sentido como mi cuerpo activa sus
defensas”. Defenderse es reconocer una agresión. Pero nada es tan simple,
porque la violencia reaparece y se reitera mediante el recuerdo. Es decir, se
sitúa en el pasado como si fuera un hoy, como si otra vez estuviera allí, en
aquel entonces donde una chica admira a una adulta: “Mis recuerdos contigo son
de mucha luminosidad” señala.
Si bien la realidad se
presenta a través de la voz del narrador, los poemas de Charo, firmados bajo el
seudónimo de “Estrella”, son también un testimonio de su propio dolor. Esta
forma de hacer visible a la figura violenta amortigua en parte la dureza de su
imagen: “Aquí yo crucificada/ llevando en este viaje sin rumbo mi alma
pervertida [. . .] / mi consciencia sufre. / Estoy loca”. Es desde su propia
voz donde surge la palabra “pervertida”. Todo esto no hace más que profundizar
la herida y la búsqueda de una explicación, de un terreno firme. Pero qué animó
el actuar de la agresora ¿locura o maldad?
Hubo un vínculo entre
Charo y la entonces niña, claramente afectuoso. Sin embargo, el relato, al
recuperar la memoria, relee y resignifica aquel estado de permanente juego y lo
asume en su real dimensión. Lo llamativo de esto es que el abuso sexual es
abordado acá más que con rabia, con dolor, en una suerte de oscuro viaje de
regreso que de manera cuidadosa y evitando cualquier exceso busca alejarse de
la revictimización. Ocurre entonces como si el protagonista no buscara
reconstruir el pasado, sino acudir a la memoria para construir algo nuevo.
Carolina Mouat es el
nombre que firma la portada. Denominación en femenino social podría resultar un
escollo para esta escritura. Sin embargo, esto no ocurre porque el narrador
consigue exponer su crisis con intensidad y calma. Su historia no se ha
cerrado, quizás jamás se cierre, y deberá aprender a convivir con su monstruoso
fantasma. Aunque también es importante remarcar cómo este volumen apunta
directamente en contra de una burguesía (la familia) que prefiere el silencio
antes que la confrontación y el resguardo de secretos que terminan haciendo aun
más trágica la vida de la víctima.
Ahora puedo nombrarte es un libro
conmovedor y al mismo tiempo aterrador, un libro sobre el transitar por donde
más duele. La escritura es en tal sentido la
herramienta prioritaria para intentar sobrevivir. Mouat, con destreza, pone
en marcha su deseo de palabra, de voz, tan necesario como vital, porque
escribir le da vida a su protagonista.