Sin miedo a las emociones
Garrat juega aquí todas sus cartas especialmente en el ámbito emocional, pero además logra que por fin lo fantástico alcance una dimensión psicológica y política relevante.
Ernesto
Garrat. Educación universitaria. Santiago: Hueders, 132 páginas.
El 2017 publica Allegados, tres años después Casa propia y ahora Educación universitaria, la tercera parte y final de su trilogía narrativa. Ernesto Garrat concluye la historia de dos personajes entrañables que representan una de las máximas utopías de la chilenidad clasemediera: poseer una vivienda propia. A partir de ese eje el autor transita por distintas etapas en la vida de una madre y su hijo que no dejan de golpearse contra los cercos de una sociedad orientada a fomentar la desigualdad.
En
la primera novela asistimos a la etapa infantil y adolescente del protagonista,
quien junto a su madre deambulan de casa en casa. En la segunda entrega de la
trilogía, ambos personajes logran arraigarse; sin embargo, el relato posee un
giro fantástico que enloda la propuesta de realismo social que el autor había
conseguido con excelencia en su primer volumen.
Pero
ahora Garrat juega todas sus cartas, especialmente en el ámbito emocional. El
protagonista ingresa a la universidad, pero ese momento de esperanza y futuro
se verá opacado de manera atroz por el deterioro de la salud de su madre. Eso
sí, el autor no puede abandonar su obsesión por lo fantástico: el joven
personaje tiene poderes sobrenaturales y convive con un vampiro llamado Mihai.
Lo
importante aquí es que lo fantástico alcanza por fin una dimensión psicológica
y política relevante, que dialoga en perfecta armonía con la vertiente
realista. El vampiro, a quien solo el protagonista ve, interviene en su vida,
al modo de un consejero. Esto no implica que la vida del muchacho sea mejor. Al
contrario, su existencia se ve cada vez más dañada. Siente que no encaja en la
universidad pública donde estudia a inicios de los 90 y que observa impotente la
degradación de su madre. El vampiro claramente representa el orden capitalista,
un sistema que aplasta, inmoviliza y
donde a duras penas se sobrevive.
El
vampiro es una figura de poder, de vigilancia que impone su visión sobre el
mundo y que determina los pasos que sigue el protagonista. En este sentido, el
chupasangre, se alimenta del sujeto, lo necesita para existir. Por tanto vivir es
aceptar con sumisión la existencia de una entidad autoritaria que está por
sobre su voluntad.
Dicho
de otra forma, el vampiro representa lo que se denomina violencia estructural capitalista,
orientada a violentar a los sujetxs, encerrándolos en un supra marco que
empobrece, reprime y aliena. Los individuos quedan así entregados a la
marginación y la imposibilidad de generar un cambio en sus vidas. Tal cual como
le ocurre al protagonista de esta novela.
El
detalle temporal, inicios de los 90, pasa a ser importante. Los noventas marcan
el fin de la épica, de las grandes luchas sociales colectivas. La democracia
neoliberal se impondrá con una fuerza arrolladora, dejando a la sociedad sin utopías.
Por eso resulta esperable que el protagonista interiorice la fuerza del poder
represor y dedique gran parte de su energía a autojuzgarse. Es aquí donde la
novela alcanza uno de sus puntos más altos. El universitario se ensaña consigo,
pero también, pese a todo, tiene consciencia de ser un peón del juego
maquiavélico del orden social.
Garrat
explora en la emotividad de su protagonista de manera feroz. La madre funciona
como el mayor apoyo de su existencia; por tanto, si ella se derrumba, él corre
la misma suerte. Las escenas donde comparte con su progenitora o recuerda su
pasado son de una potencia afectiva enorme. El autor consigue elaborar
atmósferas lúgubres, mortecinas, donde no hay escape posible para la madre y su
hijo. El encierro o más bien la clausura existencial, caracteriza no solo al
acontecer narrativo, a la historia contada, sino que se integra a la prosa,
derivando en una escritura oscura, cargada de interrogantes sin respuestas e
intensas reflexiones.
Uno
de los aspectos más relevantes de este relato es la ausencia de autocensura
para abordar el afecto hacia la progenitora. La narración realiza un amplio despliegue
de estados emocionales tormentosos que desobedecen el pudor, la contención como
parte de las buenas maneras. Garrat no desea ser cool o contenido, va
con todo y no le importa si todo suena a bolero o a canción cebolla, su prosa
se alza contra el cálculo y la frialdad ante la muerte, propia de los segmentos
progres o las elites económicas.
Por
eso resuena en este libro la herencia de Nicomedes Guzmán, porque renueva con
honores una literatura de la intensidad, la rabia y el resentimiento. Una
literatura abandonada por la moda, por la superficialidad. Junto con esto, Educación
universitaria ha conseguido que la figura del vampiro ya no solo signifique
algo dentro del universo pop o freak, agregándole una carga política sin
ambigüedades ni requiebres. Una propuesta valiosa para la literatura y los
tiempos turbulentos que corren.
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